El fuego y la danza es un artículo de Angel Rekalde, escritor, publicado en la página 11 del diario EGIN del día 27 de julio de 1997 en la sección Kolaborazioak, dentro del Debate abierto por el diario con el título EN TORNO A LOS ULTIMOS SUCESOS.
El texto es el siguiente:
El fuego y la danza
Prometeo es el mito griego que arrebató el fuego a los
dioses y se lo entregó a los mortales. El fuego, fundamento
del saber culinario, es el origen de la sabiduría humana,
antagonista del saber de los dioses o, lo que es lo mismo, de
los poderosos. En la antigüedad la tribu se reunía
alrededor de la hoguera y, con la fascinación de las llamas,
los ancianos transmitían sus conocimientos. Los poderosos,
sin embargo, nunca renunciaron al intento de despojar del fuego
al pueblo llano y parece que en la TV han encontrado por fin un
sucedáneo que encandila con las llamas sin calentar los
alimentos, mientras escamotea la facultad de liberación
de la lucidez y el entendimiento.
EN "El Escriba Sentado", Vázquez Montalbán
enjuicia la obra de G. Orwell "1984, profecía
de un futuro en el que el mundo estaría dividido en estados
totalitarios donde los individuos se verían sometidos a
un constante e implícito lavado de cerebro para creer que
estaban en el paraíso terrenal". Más adelante
añade: "Poco podía imaginar Orwell que en 1984
la dominación del poder tuviera su tecnología más
sofisticada precisamente en las democracias más avanzadas,
donde los bancos de datos sobre los ciudadanos, los medios de
persuasión y la conciencia colectiva de estabilidad pueden
hacer coexistir la apariencia de democracia y el suicidio programado
de los disidentes radicales". En esta última alusión
V. Montalbán cita a los militantes de la RAF, Baader y
Meinhoff. Pero en nuestro entorno inmediato tenemos, desde Basajaun,
Txo, Katxue o Peli, o el reciente linchamiento colectivo de HB,
lamentables ejemplos más cercanos.
Durante unos días hemos asistido, en efecto, a un linchamiento
de la disidencia radical vasca en toda regla. Debemos tomar nota
y entender la brutal ofensiva como un anticipo, una primera entrega
del juicio contra la Mesa Nacional de HB. Y de paso una maniobra
destinada a reventar el movimiento de solidaridad y conciencia
que se agita alrededor de la reclamación "Presoak
Euskal Herrira": las sucesivas huelgas de hambre del Buen
Pastor y posteriores, la declaración de la Comisión
de DDHH y sobre todo la perspectiva de denuncia ante las instancias
de Estrasburgo.
La ofensiva estaba dispuesta y la muerte del concejal de Ermua
ha brindado la oportunidad propicia. Pero no nos equivoquemos.
Ha sido la excusa. La mera excusa. No la causa. La campaña,
tan bien bordada, estaba preprogramada. En Euskal Herria hemos
conocido sucesos más graves y desalmados. Y desde España,
ese país que respalda la tortura sostenida, no van a darnos
lecciones de ética o sensibilidad, cuando tantas lacras
mantienen en su propia casa: desde la tragedia múltiple
de la muerte en las pateras, día a día anunciada
y cumplida -no hay racismo equivalente en tierra vasca, ni en
toda Europa-, pasando por las bolsas de pobreza e indigencia,
hasta el escarnio de las prisiones, donde mueren tantas personas
indefensas, acorraladas, maniatadas, por SIDA, por suicidio, por
mano ajena o por locura, en cuadros infinitamente más estremecedores
que los de Ortega Lara o Miguel Angel Blanco, aunque saben ocultarlos.
La campaña española ha sido demoledora. Hemos sufrido
el poder omnímodo de la TV, santificada como único
púlpito, única mirada de revelación, con
las tintas bien cargadas. Se han invocado todos los medios de
prensa, pero ninguno ha alcanzado el aplastamiento de las emisiones
televisivas. En ese saturado fin de semana TVE envió 300
personas desde su redacción central en Madrid para ampliar
su cobertura en Euskal Herria, con el jefe de informativos, Saenz
de Buruaga, a la cabeza. Recordemos que ya hay una cobertura específica
previa para el territorio periférico. El resto de cadenas
ha desplegado un esfuerzo similar y han desplazado las figuras
más emblemáticas del star-system, las más
significativas en términos de audiencia: Olga Viza, Ana
Blanco, Pedro Piqueras, Angela Barceló o Hilario Pino,
por citar unas caras. Estamos ante una operación propagandística
del tamaño de las Olimpiadas. Una cruzada contra Saladino
en Tierra Santa. La cristiandad en pleno contra los infieles sarracenos.
Con esta cobertura la información suministrada ha barrido
la programación habitual de esos días. Mañana,
tarde, noche y a todas horas en todas las cadenas, la TV española
-sin distinción de marcas; el interés nacional lo
exigía- ha machacado al espectador y lo ha levitado para
ponerlo en danza.
La TV ha impuesto sus códigos comunicativos por encima
de la desprevenida racionalidad humana. Ha instituido el totalitarismo
a gran escala: contra cualquier matizado principio de diálogo,
comunicación o perspectiva contrastada, la cámara
es el único punto de vista. Con este bombardeo intensivo,
sin resquicios ni posibilidad de evasivas, se ha materializado
la virtualidad televisiva: ser es percibir. Nos han endosado
el principio del obispo Berkeley: las cosas existen en cuanto
que las percibimos. Cuando volvemos la espalda a la pantalla o
la desconectamos, el mundo se desvanece. El dolor que ahí
no asoma, no existe. Las causas de los hechos no importan. Las
razones que no exponga Saenz de Buruaga no cuentan y sólo
es violencia la de ETA, deformada, amplificada y presente, mil
veces representada.
Nos han robado el fuego de Prometeo, y en su lugar, con la patraña
del progreso y la modernidad, nos han colado una pantalla que
danza, que se ilumina y encandila como las llamas pero a capricho
del realizador. La TV no informa, no explica, no razona. Lo hemos
visto durante estos días. Impone una evidencia. Y la hace
irrefutable, sobre todo porque no hay ocasión de refutarla.
Como digo, la TV ha impuesto sus códigos a la audiencia:
no ha permitido ninguna reflexividad, ninguna idea, ningún
debate u observación de las responsabilidades o circunstancias.
Ha tendido un manto de complicidad a las decisiones autoritarias del Gobierno, aliviándolas de todo cargo de ineptitud, estupidez o intolerancia. La cerrazón del ministro a revisar su política en temas penitenciarios y otros de alcance más general ha desaparecido, encubierta en el barullo.
La TV se ha realimentado a sí misma a través de
una cuidada selección de los planos, destinados a promocionar
emociones y conductas. Ha insistido en las escenas patéticas
-continuas imágenes, vinieran o no a cuento, de sufrimiento
y lágrimas- y en el odio y la agresividad a mansalva. Un
mensaje redondo: interpelación (dolor humano) y respuesta
inmediata. Se trataba de que nadie pensara. Minutos de silencio,
gestos de cólera, ademanes, insultos sin razones... Pura
compulsión a posicionarse, a involucrarse, a adherirse.
Y cuanto más visceral fuese el posicionamiento, cuanto
más energúmeno se sintiera el espectador, mejor.
La ciega reacción de linchamiento contra los disidentes,
señalados como culpables de la cólera divina, estaba
servida en bandeja. Insisto en que la TV se ha empleado a fondo
y ha utilizado un discurso -por llamarlo de alguna manera- propio.
Es decir, no era el momento de aburrir con sermones o retóricas,
y ha lanzado su propia expresividad, el lenguaje de los concursos
y las escenas televisivas. Como los monjes del Hare Khrisna, han
puesto en danza media docena de gestos que tapan el vacío
de las consignas y sirven para que el público se sienta
partícipe de la acción: palmadas, aplausos, brazos
arriba, puños levantados -no comunistas sino de amenaza-... una
visualidad destinada a las cámaras, y a realimentar la
emisión, es decir, a aleccionar a los espectadores para
que sepan lo que nunca han sabido. Cómo comportarse. Cómo
hacer una protesta. Cómo montar una manifestación
que nunca han dirigido por su cuenta contra el poder. Hemos digerido
una versión del baile de Macarena, tan adecuada a las exigencias
de retransmisión que se nota diseñada por profesionales,
a conciencia.
En resumen, la TV se ha mostrado como lo que es, un poderoso instrumento
propagandístico, ensordecedor, aleccionador de expresiones
y convocatorias, emocionante y manipulador. Dice el escritor Gómez
Pin que "la aspiración a la lucidez es el cimiento
imprescindible de la condición humana. Por contra, la ignorancia
-o la asunción acrítica de la ideología imperante-
constituye la más grave de las toxicomanías".
Con esta historia han intoxicado a los españoles hasta
la médula. Los han despojado un poco más de su condición
humana.
Como venganza por el fuego de la sabiduría que robó a los dioses, éstos castigaron a Prometeo encadenándolo a una roca mientras un águila le devoraba el hígado en una tortura implacable. En medio de sus dolores Prometeo habla incesantemente, porque tan doloroso es denunciar como callar, y el desafío a la infamia es mejor que el silencio a que nos condenan.
Angel REKALDE